El sinto había preparado del tal modo el terreno de la estética japonesa que la llegada del budismo en el siglo VI provocó un completo desarrollo espiritual de este arte. Esta perfección ya es visible en las primeras obras de esta época, el período Asuka. El gran propagandista y protector de la nueva religión fue el príncipe Shotoku Taishi (572-621). Los templos que hizo levantar son de una belleza y un equilibrio rayanos en la perfección. El más importante, el Horyu-ji, cerca de Nara (607), aun en pie y venerado, es un emotivo ejemplo. Situado en medio de la naturaleza, al borde de un estanque, y construido de madera -los templos japoneses apenas emplean la piedra-, la capilla central, el kondo, encierra la imagen de Buda; todo es simple, elegante, austero. Nos encontramos con la estética sinto puesta al servicio de la espiritualidad búdica. La arquitectura es típicamente japonesa y la escultura refleja influencias coreanas y china, en la que entonces imperaba la belleza simétrica y tranquila de la dinastía Wei.
La nueva capital del imperio Nara, dio su nombre a la edad de oro del budismo; este período duro desde 646 hasta 794, fecha en que la capital fue traslada a Heian, Kioto en la actualidad. Este período coincide con la dinastía T'ang en China, y fue también la época en que los monjes budistas chinos fueron a la India a buscar los textos y a beber en las fuentes vivas de la doctrina. El arte del Nara se caracteriza por el desarrollo de la escultura búdica que unió la vitalidad, la naturalidad, la sensibilidad de la estética sinto con la gran espiritualidad del budismo mahayana. Tanto si se trata de la Sho Kanoon, como de los Budas de Tachibana y de Jindaiji, o del grupo Yakushi-ji -los dioses guardianes-, la producción plástica de este período posee un valor religioso, un poder de contemplación de singular fuerza. Hay que destacar una tendencias hacia lo gigantesco, símbolo de los dones suprahumanos de Buda, que es particularmente sensible en el gran santuario, el Butsuden, de Todai-ji; el edificio es el mayor templo de madera que existe en el mundo, aunque fue reducido en un tercio en relación con la construcción original. Mide 57 m de ancho, 50 de profundidad y 49 de altura; la doble cúpula de madera trabajada es impresionante (ver galería imagen 9). En su interior se halla la famosa estatua de bronce de Buda meditativo que data del año 749, una de las mayores estatuas de bronce que existen (mide 16 m de alto, su rostro tiene casi 5 m y pesan 452 toneladas). Sus proporciones son armoniosas y la visión de este inmenso ser, reluciente en la penumbra del templo, es grandiosa.
Las demás producciones artísticas de esta época que todavía quedan -un terrible incendio destruyó en 1949 los frescos de las paredes de Horyu-ji- son indicativas del alto nivel del arte japonés del siglo VIII, formando por las escuelas coreanas y chinas. Las pinturas murales, los tejidos, los objetos de metal y de laca conservados en el Shoso-in, depósito del tesoro imperial de Nara, son de un gusto inefable e indican una cultura refinada, en la que la influencia de la estética china era todavía muy fuerte.
La escultura del período siguiente, el Heian (794-1185), fue menos realista que la anterior; la influencia de una nueva iconografía decadente de origen indio aportó un elemento de exageración que desequilibró el admirable realismo de la escultura Nara. En cambio, la arquitectura llegó a ser espléndida; los templos abandonaron su soledad austera y se convirtieron en lugar de reunión de la sociedad aristocrática japonesa. Los edificios eran de una refinada elegancia y su interior de una riqueza y una opulencia extremas. El templo quiso reproducir las maravillosas tierras celestes budistas. Sus frescos recuerdan este simbolismo, y las piedras preciosas, las gemas y las lacas doradas crearon una atmósfera irreal que aún se percibe en el templo de Byodo-in, en Uji, cerca de Kioto. Los fieles tenían la impresión de penetrar en los espléndidos paraísos que les estaban prometidos. La gran familia aristocrática de los Fujiwara, que detentaba el poder absoluto al final del periodo Heian, pudo hacer gala de su poder y riqueza.
Si la escultura budista mostró signos de decadencia durante este período, la pintura, en cambio, se hizo típicamente japonesa y se liberó de la influencia china. La aristocracia de Kioto se desenvolvió en una atmósfera refinada y preciosista, en la que el artificio reemplazó al arte. Los monasterios y los monjes salvaron la pintura de esta decadencia, pero, contrariamente a la pintura china, hacia el siglo X, se produjo una separación entre la pintura religiosa búdica, realizada por monjes, y la religiosa, profana, destinada a las clases refinadas de la sociedad japonesa. Los frescos del templo de Gaigo-ji, cerca de Kioto, muestran el estilo de este período.
Las pinturas religiosas Heian realizadas sobre seda de color o en las paredes de los monasterios se caracterizan por un lirismo desbordante que corresponde a las diversas posiciones religiosas de las escuelas budistas a que pertenecían esos monasterios. Los personajes que rodeaban a Buda en el momento de su muerte, el paraíso del Buda Amida, su descenso a la Tierra, los diversos discípulos de Buda, son de una gran simplicidad y de una naturaleza muy estudiado. Los artistas se sirvieron de paisajes llenos de nubes y de flores para crear una atmósfera irreal; sin embargo, los personajes mantienen una actitud rígida y artificial.
La pintura profana hizo su aparición bajo los Heian, se denominó yamato-e, es decir, pintura puramente japonesa, y se opuso a kara-e, la pintura china de los T'ang. Las paredes de las casas, los biombos y las puertas se decoraron con pinturas inspiradas en los cuentos y las novelas que estaban de moda: la Historia de Ise; el Libro de la almohada, y la Historia de Henji. Las pinturas ilustrativas, en unos grandes cilindros, los emakimono, acompañaban el texto. El análisis de los detalles de estas representaciones ofrece notas curiosas; el cilindro se desenrollaba lentamente y la lectura del texto seguía la visión de las escenas descritas. Los personajes apenas estaban esbozados para que el lector pudiese imaginarse a sí mismo en su lugar, y los techos de las casas estaban levantados para que se pudiera ver su interior. La perspectiva estaba tomada desde el ángulo superior de la parte derecha para acompañar el movimiento del texto, enrollándose de derecha a izquierda. Su ejecución era muy cuidada, y los movimientos de los personajes tenían un realismo, una vivacidad y una plasticidad sorprendentes. Eran un lejano preludio de la pintura profana y ligera ukikoe-e (ver galería imagen 6) que aparecerá a partir del siglo XVIII.
En el período siguiente, llamado Kamakura (1185-1333), fue el fin de la escultura búdica en el Japón. El idealismo religioso de las épocas de fervor del Nara se transformó en una búsqueda personal de la individualización; es un fenómeno que recuerda el Renacimiento italiano, en el que los artistas afirmaron su personalidad. En este período, cada escultura representa un personaje determinado: el fundador de una escuela filosófica, un monje, un superior de monasterio. En él impera un total realismo (ojos de cristal, pliegues en los vestidos, expresiones de las caras, ademanes). Estas estatuas impresionan por la vitalidad que desprenden, por los habituales movimientos que adoptan, por el dramatismo que impregna su actitud. De esta época data el inmenso Daibutsu, el gran Buda de bronce, de 14 m de altura, del templo Kotokuin, de Kamakura. Fue una época en que dominó un dinamismo expresivo que a veces se transformó en gesticulante. La estatuaria japonesa ya no se renovó más y se mantuvo en unos cánones invariables.